jueves, 7 de mayo de 2015

Macotera y su secular tradición teresiana

Guarda una relación estrecha con Santa Teresa, que hasta las fiestas anuales constituyen un punto de referencia para moverse y peregrinar hacia Alba de Tormes
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Peregrinos de la ruta 'De la cuna al sepulcro' a su paso por Macotera
Manuel Diego
En el contorno de la villa de Alba de Tormes y dentro de los lugares propios y pertenecientes en siglos pasados al estado ducal de los Álvarez de Toledo, sin duda alguna, entre ellos sobresale Macotera que está ya en los límites del mismo, muy cercano al otro señorío limítrofe, el de Peñaranda de Bracamonte. Perteneció a la tierra de Alba y de alguna manera todavía hoy sigue pendiente de este centro neurálgico, aunque en nuestros días hay que reconocerle una gran vitalidad cultural y económica por derecho propio, con una identidad e idiosincrasia muy marcadas dentro del conjunto de las poblaciones salmantinas. Pero ocurre lo mismo al revés, que en Alba también se vive muy en sintonía con lo macoterano y, por ejemplo, las fiestas veraniegas de San Roque son un punto de referencia, sobre todo para las gente joven de Alba y del contorno.
Es interesante el poder constatar con documentación histórica la “otra” vinculación que se establece desde finales del siglo XVI entre estos pueblos de la tierra de Alba con la villa ducal, debido precisamente a la muerte, sepulcro y beatificación y canonización de santa Teresa. Se instaura una relación tan estrecha, y no solamente religiosa, que hasta las fiestas anuales, los acontecimientos y celebraciones teresianas de Alba, desde entonces, constituyen un punto de referencia para moverse y peregrinar hacia la villa. Por eso, el sepulcro teresiano y la presencia espiritual de Teresa en Alba de Tormes terminará en crear una mentalidad de dependencia cultural y devota con esta mujer, lo que va a favorecer, por ejemplo, la abundancia de vocaciones sacerdotales y religiosas (sin dejar de reconocer en ello otros motivos y causas).
El caso de Macotera es singular en todos los sentidos, sea por la devoción teresiana como por la presencia de lo carmelitano, tanto es así que ya desde los primeros tiempos de la reforma teresiana, por ejemplo, muchos hombres y mujeres adhirieron a ella ingresando en sus conventos. No falta tampoco el apoyo sentimental de la versión en clave de “leyenda áurea” acerca del tránsito teresiano por esta villa y hasta de un posible proyecto fundacional suyo. Así lo registra el sacerdote estudioso y originario del lugar, Clemente Sánchez:
“… parece indudable que la Reformadora del Carmelo pasó en distintas ocasiones por Macotera, pues queda en la antigua ruta que enlazaba la ciudad de su cuna con la villa de su sepulcro. Algunos autores opinan con bastante fundamento que la Santa abrigó incluso la idea de fundar allí uno de sus palomarcitos [se dice en la nota 3: El sacerdote Don Pedro Bueno tiene preparado para la imprenta un folleto intitulado: Santa Teresa de Jesús visita y ora en el actual templo de Macotera]. En Macotera desde /66/ tiempo inmemorial se señala el sitio donde Teresa de Jesús pernoctaba a su paso por nuestro pueblo. Si todo esto es verdad, bien pudo suceder que la admiración y el cariño que nuestros abuelos sintieron por la Santa arrancara del trato directo, que por ese motivo hubiesen tenido con ella.
Pero sea de ello lo que quiera, lo cierto es que los macoteranos se han distinguido desde muy antiguo por su devoción a Santa Teresa de Ávila (¿Otra carmelita santa? Vida y virtudes de la Madre Manuela del Santísimo Sacramento… Madrid, Studium, 1965, pp. 65-66).
Pero también podemos documentar el inicio de su teresianismo, al menos oficialmente, recurriendo a las crónicas de las fiestas de la beatificación (octubre de 1614), donde descuella el pueblo de Macotera por encima del resto de localidades de la tierra de Alba (más de 70 pueblos) que en aquellos días acudieron a la villa teresiana, tras la llamada del Duque para celebrar a la nueva beata. La crónica de las fiestas de Alba publicada en letras de imprenta (Madrid 1615) registra con mucho detalle la participación de los macoteranos en los regocijos, y sobre todo un grupo de jóvenes que escenificaron una especie de parodia militar, pero en estilo charro o salmantino, a la salida de la misa solemne celebrada por el obispo en la iglesia del sepulcro teresiano.
El relato no tiene desperdicio y tiene las trazas de un estilo festivo habitual y costumbrista con mucha tradición en aquella villa (habría que estudiar si se tiene noticias de alguna demostración parecida para otras fechas o fiestas señaladas). Además constituye un testimonio histórico importante y de valor para la crónica local. El texto lo tomamos del carmelita Diego de San José, “Compendio de las solemnes fiestas que en toda España se hicieron en la beatificación de N.B.M. Teresa de Jesús… En prosa y en verso”. Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1615, fol. 16v-17v. Lo reproducimos fielmente:
Habiendo ya cumplido con sus lugares, y dicho Misa en ellos, venían a paso largo, aunque sin desconcertarse, todos los Curas y Clérigos revestidos con sobrepellices, pendones, cruces, sacristanes y Alcaldes, empuñadas las varas de toda la tierra de Alba, que son más de setenta Concejos con mucha otra gente que los acompañaba, que sólo refiero aquellos que por orden y expreso mandamiento de los Oidores del Duque, estuvieron obligados a venir a la procesión. Prometióse premio a los sacristanes que mejor adorno pusiesen en sus cruces: Lucióse el trabajo de todos,   porque vinieron muy aderezadas: fueron pasando todos sin desordenarse por delante de la Iglesia de las Descalzas, y con esta se alegró mucho la gente, y se dio remate gustoso a la Misa, y principalmente con la entrada de la Villa de Macotera, que no se puede pasar en silencio lo que hicieron este día, pues se aventajaron a los demás pueblos. Entraron primero en dos cuartagos blancos, cabalgando a lo natural, y en pelo dos labradores de buena disposición vestidos al uso llano, y antiguo de Castilla /17r/ con sayos de compuerta y prolijas faldas, anchos talabartes, cuellos colchados con largas trenzas, melena crecida, y caperuza de cuartos, embrazando paveses: en uno de los cuales venían las armas de su villa, y en otro un retrato de la Santa Madre con este mote: “Teresa me complet”. Como dando a entender el nuevo ser que había recibido con tenerla en su jurisdicción y distrito. A éstos seguía una compañía de salvajes greñudos y fieros, con bastones ñudosos, que a su tiempo jugaban con buen denuedo. Entró sucesivamente con buen concierto, y disciplina militar una compañía de bien dispuestos mancebos, todos de buen parecer, aunque robustos, y en el traje cubiertos de seda, cargados de plumas, bandas y cadenas, con buen aire y bríos, prestos, y acompasados ademanes en cargar y disparar sus arcabuces, y en hollarse a compás de los pífanos y cajas. Disimulaban tanto su profesión y ejercicios de la cultura de la tierra, que a quien no les mirara con atención las manos groseras y callosas le parecieran soldados de Flandes. Eran en número setenta, y llevaban cumplidos los oficios: Capitán con jineta, paje que le precedía con rodela y celada, Alférez con venablo cuando dejaba la bandera: Sargento con alabarda, y cabos de escuadra muy bizarros, y después de todos pisando a lo valiente, y por extremo gallardo, su Maestre de campo, que parecía se había traído de algún tercio de Nápoles, era de muy buena persona, y sabía representar la que le encomendaron, y gobernar el bastón con gravedad. En pos de esta escuadra llegaron hasta diez y seis niños de rostros agradables, a lo pastoril, melenas rubias, pellicos gironados, zarafuelles de lienzo, medias, y zapatos blancos, diestros en bailes y zapatetas, con hachas en las manos, alumbrando y acompañando sus estandartes y cruz, como lo hacían también el Cura, Clérigos, Alcaldes, y el Físico del lugar, que /17v/ envuelto en una ropa de martas, traía más autoridad que un Protomédico.
Con el concierto dicho dieron vuelta, y guiaron todos a la plaza de palacio, donde hicieron los soldados alarde de su gallardía con una buena rociada de arcabuces: y habiéndose agradado el concurso de esta vista, se retiraron a descansar, y comer que instaba el tiempo (fol. 16v-17v).
Pues desde aquellas primeras fiestas teresianas del 1614 se normalizará la cita anual con santa Teresa, en las fiestas de octubre sobre todo, y de cuya pervivencia e importancia en los siglos posteriores ha quedado la tradición oral, pero en el siglo XX también se empieza a registrar esa devoción teresiana que pervive en Macotera y en los pueblos del contorno, sólo que aquí con más fuste por la importancia, número de población y hasta por el influjo e incidencia que tuvo esa cita anual en la promoción de tantas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Todos coinciden en la importancia que tuvo en su decisión vocacional ese contacto, desde la etapa infantil, con santa Teresa y la villa de Alba.
Tenemos un relato un tanto idealizado de lo que conllevaba el ponerse en camino por octubre a Alba de Tormes, y por ser de comienzos del siglo XX, podemos intuir que refleja una tradición de mucho tiempo atrás. Interesante además porque registra muy bien el movimiento humano que se origina de todos los pueblos vecinos, como también la repercusión que tiene la peregrinación en todos los lugares que se atraviesan en el trayecto:
“No hay pueblo en la comarca –aparte de los peregrinos de lejanía- que no mande allá lo más granado de su piedad y lo más florido de su juventud. De algunos es típico el desfile.
Recuerdo, que por mi aldea nativa, paso obligado de Macotera a Alba, ya con vísperas y aun antevísperas, empiezan a cuajar el camino caravanas alegres de macoteranos de todo matiz, quienes en alazanes, lujosamente enjaezados; quienes en carros entoldados con una manta de Cantalapiedra y arrastrados por robustas y ágiles mulas; quienes en asnillos desmedrados y molidos del trabajo; quienes, por fin, en el caballo vulgar de San Francisco, tirándose al coleto las cuatro legüitas muy monas del trayecto, con sus regatos, curvas, desmontes y demás alifafes de toda senda no encasillada por el diputado del distrito.
- ¿Pero la cara de todos? ¡Ah! Igual: fresca, retozona y triunfal.
-¿A dónde vais? –les pregunta cualquier rapaz.
- ¡A ver a la Santa Madre! –responden los macoteranos con su tonillo inequívoco, tan inequívoco como su trajeo.
Y luego al regreso, cuentan y no acaban de misas, sermones y procesiones; de toros, cucañas y tíos vivos… sobre todo, de tíos vivos.
Yo también hice mi primer viaje a pié desde mi lugar a la villa, siendo todavía niño en estado de subconsciencia…, si el terminito puede colar sin protesta de Blondeles, Le Rois y Murris. Lo hice con gusto por ver a Santa Teresa. Es una de las primeras ilusiones que brotan en el corazón de los chicos de aquella feliz comarca. Entonces todo me maravillaba en Alba, y cuando mi padre me decía que Alba, en cotejo con Salamanca, era una sombra de belleza, yo me asombraba como ante el anuncio de un prodigio rayano en lo imposible” (A. Spe, Alba y Santa Teresa, en La Basílica Teresiana 3 (1908) pp. 298-299).            
Esta tradición continúa hasta nuestros días, y no estaría mal organizar alguna peregrinación de cada uno de esos lugares en este año centenario para reafirmarse en esa costumbre que hunde sus raíces en el pasado y tiene ya 4 siglos de historia. Nada menos!
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Lápida en mármol blanco en recuerdo de Miguel García Cuesta

Macotera puede presumir entre tanto hijo ilustre de haber tenido además un nativo que llegó a cardenal arzobispo de Santiago de Compostela (6.10.1803 – 14.4.1873). Así lo recuerda una lápida en mármol blanco colocada en la fachada granítica de la iglesia parroquial de Santa María del Castillo. Nos estamos refiriendo a monseñor Miguel García Cuesta, cuyos apellidos perduran todavía en tantas familias del pueblo.
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Monseñor Miguel García Cuesta
Pasa la infancia en el pueblo natal hasta que se lo lleva un tío sacerdote a Horcajo Medianero (1814) donde ejercía de capellán del santuario de Valdejimena. Con él aprendería latín y todo lo necesario para ingresar en el seminario de Salamanca, del que llegaría a ser profesor y rector, como también profesor de la Universidad de Salamanca. A la par ejerció varios cargos políticos de representación en las Cortes Generales y en el Senado. En 1848 fue elegido obispo de Jaca (Huesca) y en 1851 arzobispo de Santiago de Compostela, siendo creado cardenal por Pio IX en 1861. Participó en la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, pero no pudo asistir al Concilio ecuménico Vaticano I por algunas desavenencias políticas.
Entre algunos títulos suyos publicados queremos destacar uno que tiene relación doble con Alba de Tormes y Santa Teresa y que, además, constituye una rareza bibliográfica:
GARCÍA CUESTA, Miguel, Panegírico de Santa Teresa de Jesús, predicado en la iglesia de las Carmelitas Descalzas de Alba…el día 16 de octubre de 1842 en presencia del Ilmo. Sr. Obispo de esta diócesis…, Salamanca, Imprenta nueva de Don Bernardo Martín, 1843, 29 p., 18 cm.
Se trata de un sermón de la primera mitad del siglo XIX, cuando en Alba no había frailes carmelitas a causa de la exclaustración y era obispo de la diócesis salmantina Agustín Lorenzo Varela Temes (1824-1849). Está predicado en la iglesia del sepulcro ante el obispo, comunidad de monjas carmelitas y pueblo (hace referencia al auditorio), y aquel año precisamente el 16 de octubre cayó en domingo, es decir, era el famoso “Domingo de las Mozas”. El sacerdote macoterano, aún no era obispo, ejercía por aquellos de catedrático de la universidad salmantina, y aquel sermón sería motivo de gloria no sólo para los de su pueblo (que estarían presentes muchos aquel día), sino también para el pueblo de Alba, ya que no era un desconocido. Un sermón largo, que responde muy bien a las leyes de la retórica imperantes en la homilética del tiempo.
Seguro que en sus años de pontificado compostelano, en más de una ocasión pudo demostrar su devoción teresiana, precisamente en aquel ambiente gallego que adversó tanto el título de “Patrona de España” para santa Teresa durante el siglo XVII. Pero los tiempos y las circunstancias habían cambiado. Lo importante es hacer nota que este macoterano, que de niño habría acudido tantas veces a la cita anual de Alba de Tormes, en aquel año pudo demostrar su profunda devoción teresiana.
Tanto teresianismo en este lugar tuvo sus consecuencias benéficas, hasta el punto de que todavía no hace mucho ha sido un vivero de vocaciones religiosas para tantos sectores de la Iglesia (seminario diocesano, jesuitas, paúles, operarios diocesanos, hijas de la caridad…), con un cardenal en el siglo XIX, varios obispos, y macoteranos en proceso de beatificación,  lo fue también para la familia fundada por Santa Teresa.
De aquí era natural un fraile carmelita descalzo del siglo XVI, que bien pudo conocer a Teresa y Juan de la Cruz por haber nacido en 1569, Alonso de Jesús María, y que curiosamente profesó en Perpiñán (1596) y allí mismo murió (1640). Era miembro de la provincia carmelitana de Cataluña y Aragón.
Del siglo XIX existe otro carmelita exclaustrado, residente en la diócesis de Ávila, que se le da también como natural de Macotera, el P. Francisco de Nuestra Señora de Loreto (Jiménez Blázquez), del que ignoramos la fecha de muerte, pero que debió ocurrir en el mismo siglo y dentro de la parroquia que tenía asignada. Más cerca de nosotros está el P. Sebastián de santa Teresa (Pedro Madrid Nieto), nacido en esta villa (3.9.1891) y profeso de Segovia (29.4.1922), que salió de la Orden siendo ya sacerdote en Cuba (1926), incardinándose primero a la diócesis de Guayana-Ciudad Bolívar (Venezuela), y posteriormente a la de Ibagué (Colombia).
Teniendo que escoger y centrarme en un solo convento carmelita femenino, prefiero hacerlo en el cercano de Alba de Tormes, fundación teresiana y lugar de su sepulcro, donde está documentada la presencia de monjas profesas de origen macoterano desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Pero esto no quiere decir que no haya existido antes en otros conventos monjas carmelitas descalzas naturales del lugar. Voy a proponer la lista exacta de estas macoteranas, carmelitas descalzas en Alba y fallecidas allí, para que quede constancia de ello:
. Catalina de Jesús (Jiménez García), + 15.4.1751
. Ana Rafaela del Corazón de María (Hernández Martín), + 30.12.1848
. Beatriz de la Purificación (Sánchez Blázquez), + 30.12.1848
. Teresa de la Santísima Trinidad (Losada García), + 30.5.1855
. Ana María de la Presentación (Hernández Martín), + 12.5.1849
. Teresa María de los Reyes (Cosmes Jiménez), fue de fundadora a Ledesma.
. María del Santísimo (Sánchez Blázquez), + 28.9.1986
Seguro que no son las únicas carmelitas descalzas macoteranas, pero sí las más representativas de su presencia en el Carmelo de Alba de Tormes hasta el siglo XX. Una de las causas de no haber más es el número cerrado de miembros que puede tener cada Carmelo, sólo 21 monjas, por lo que es casi seguro que otras vocaciones carmelitas tuvieron que acudir a otros monasterios para vivir el estilo de vida teresiano. Como fue el caso singular de la Madre Manuela en el siglo XX que profesó y murió en olor de santidad en el Carmelo de la Imagen de Alcalá de Henares, seguramente por estar completo el número en Alba y haber una larga lista de espera. O que en los Carmelos cercanos de Salamanca, Avila y Plasencia también ocurriera lo mismo.
Para percatarnos de otras vocaciones carmelitas macoteranas, he buscado en el catálogo de monjas de Castilla (1964), que reserva estas sorpresas de religiosas naturales de Macotera, pero sin poder dar por ahora, como en el caso de Alba, la fecha de muerte; sólo la de nacimiento y profesión.
En el monasterio de San José de Ávila, la hermana Antonia del Espíritu Santo, García Ortega (26.12.1919 – 25.11.1950). En el de Plasencia, las hermanas Concepción Teresa de Jesús, García Cosmes (31.7.1887 – 26.4.1917); María Presentación Josefa de Jesús, García Zaballos (11.3.1897 – 24.5.1920); en Mancera de Abajo, Teresa María de la Cruz, Sánchez Blázquez (28.10.1939 - 24.9.1972).
[Img #289548]El caso de la Madre Manuela (1909-1961) es singular puesto que murió con fama de santidad, se ha escrito su biografía e incluso podemos constatar que su vocación al Carmelo depende de esa cercanía con Alba de Tormes y hasta de las sucesivas visitas que hizo al sepulcro teresiano. La biografía está escrita por un sacerdote operario diocesano natural también de Macotera. La ficha exacta del libro es la siguiente:
SANCHEZ, Clemente, ¿Otra carmelita santa? Vida y virtudes de la Madre Manuela del Santísimo Sacramento, priora del convento de Carmelitas Descalzas de Alcalá de Henares (Madrid), 1909-1961. Madrid, Studium, 1965, 232 p., 18,5 cm.
Se trata de una biografía muy documentada, de escritura reciente al fallecimiento de la carmelita, para cuya redacción ha recibido información directa del convento y de la familia, y con una particularidad, la de recrear muy bien y de forma creíble el ambiente social y religioso de la villa de Macotera en la primera mitad del siglo XX.
Más que las virtudes y ejemplos de esta religiosa, nos interesa resaltar el ambiente macoterano en que ha nacido y crecido su vocación, con no pocas dificultades y, sobre todo la importancia de la cercana presencia del sepulcro teresiano, al que ha peregrinado en varias ocasiones antes de entrar monja.
La Madre Manuela del Santísimo (Cuesta García) era hija de Fabián Cuesta y Cuesta y de Ana García Cuesta, labradores, que se habían casado en la villa (30.5.1908) y eran parientes del famoso cardenal Cuesta, arzobispo de Compostela, del que hablamos en este mismo lugar. Es la primera hija del matrimonio, nacida (6.5.1909) y bautizada (9.5.1909) en Macotera, a la que siguieron otros hijos: su hermana Buenaventura (28.11.1911), Manuel (30.9.1914) y José (16.6.1917 – 13.12.1918). Recibió la educación elemental en la escuela, tuvo que echar una mano a sus padres en la casa y en el trabajo del campo, pero participaba asiduamente en la vida de la parroquia y se distinguió entre las amigas y compañeras por su piedad; era de aquellas que frecuentaban el grupo de la señora Anita, aquella mujer que preparó y condujo a tantas jóvenes a la vida religiosa (pp. 59-61).
En septiembre de 1917 fue contagiada por la epidemia que tantas muertes ocasionó en la villa y ella se salvó de puro milagro, por la mucha fe de sus padres. “Dicen que la madre de Manuela era muy devota de la Santísima Virgen del Carmen. A ella le encomendaba todas sus cosas y a ella recurría confiadamente en todas sus necesidades. Dos cosas prometió en los momentos más angustiosos de la enfermedad de su hija: vestirla con el hábito del Carmen y llevarla ante el sepulcro de Santa Teresa” (p. 43).
En acción de gracias por la curación se planeó el viaje de acción de gracias a Alba de Tormes, que narra así el biógrafo:
“Alba de Tormes es por cien títulos célebre en la historia de España… Pero para nuestros paisanos, que de muchas cosas saben harto poco, Alba de Tormes es más celebre porque guarda los tesoros del cuerpo, del brazo y corazón transverberado de Teresa. Allí van romeros muchas veces para cumplir los votos y promesas hechos ya en sus horas de angustia, ya en sus momentos de euforia.
Los padres de Manuela, desde el mes de septiembre en que recobró la salud, tenían una deuda pendiente con la Santa: la de visitar su sepulcro. Y como, gracias a Dios, la niña gozaba de perfecta salud, pensaron aprovechar el día de su fiesta para saldarla.
Aquel 15 de octubre todos en casa madrugaron con las estrellas. Madre e hija, jinetes sobre una mansa borriquilla, partían con otros paisanos rumbo a la villa del Tormes. Era el de Macotera al pueblo de los Duques, camino de cuatro leguas bien cumplidas, a través de las planicies y declives que forman los ríos Margañán y Gamo, al cruzar los términos municipales de Tordillos, Coca y Garcihernández. El viaje era monótono y pesado; pero como los romeros lo hacían con ilusión, ninguno echaba en cuenta el cansancio y las molestias.
A media mañana ya estaban en la iglesia de las Madres, confundidas entre la multitud de los forasteros. Manuela nunca había estado en Alba. Sabemos que preguntó mil cosas a su madre y la gratísima impresión que cada sorpresa iba produciendo en su alma. Comulgaron en la misa solemne, asistieron /45/ a la procesión, besaron las reliquias de la Santa y, sobre todo, dieron gracias, muchísimas gracias, a Dios y a la Santísima Virgen del Carmen, por haberla conservado la vida, cuando de tejas abajo todos la daban por muerta. ¿Qué misteriosas ideas cruzaron por la mente de Manuela, cuando rezaba delante de la Virgen y del cuerpo de Teresa? ¿Qué ensueños sonrosaron su imaginación infantil cuando, asomada a la celda de la Santa, vio su cuerpo tendido sobre el lecho, como quedase el día de su muerte? Son arcanos que no hemos logrado adivinar por más que digan quienes opinan que entonces oyó con claridad la voz del divino llamamiento.
Después de comer emprendieron el retorno. Volvían, contentas, muy contentas, porque habían cumplido su promesa. La niña vestía el hábito de la Virgen y ambas acababan de visitar el sepulcro de la Santa. Esta vez el camino se hizo más corto, porque el diálogo constante sobre tantas cosas vistas llenaba las horas y acortaba las distancias. Llegaron a Macotera entre dos luces, antes que se hiciera la noche.
En casa esperaban impacientes el padre, su hermana, su hermano Manuel (n. 30.9.1914), de tres años, y José, el hermano más pequeño, que entonces cumplía los cuatro meses (n. 16.6.1917 – 13.12.1918)” (pp. 44-45).
Fue entonces por las fiestas de octubre de 1917 su primer encuentro con el sepulcro teresiano y parece ser que estuvo al origen de su posterior vocación carmelitana. Lo importante del dato es que nos hallamos ante un gesto que más o menos frecuentemente se cumplía en todos los hogares de Macotera; su familia, además de la profunda fe y devoción a la Virgen del Carmen, cuyo santuario era la iglesia de los frailes carmelitas descalzos sita en la misma plaza de santa Teresa, sentían una especial vinculación con Santa Teresa que habían recibido de sus antepasados. Por eso, también Manuela acudiría posteriormente en más ocasiones a la cita de octubre en Alba de Tormes. Así lo reconoce y justifica el mismo biógrafo:
“Con estos antecedentes no es de extrañar que en sus momentos de angustia y de dolor hiciesen espontáneamente los macoteranos la promesa de ir a visitar las reliquias de Teresa cada vez que, a su juicio, el Señor escuchaba sus peticiones.
Manuela ya había estado en Alba. Peregrinó, como dijimos, con su madre a los nueve años, para cumplir el voto que ésta formulara a raíz de su primera enfermedad. Posiblemente estuvo alguna vez más, junto con alguna de las caravanas que se organizaban cada año el 14 de octubre, día de la Santa, o el 28 de agosto (sic), fiesta de la transverberación, siendo como era tan ferviente admiradora de la Santa Madre. Ahora vuelve con su hermana; y esta vez vestida con el hábito de la Virgen del Carmen, para cumplir la promesa que ella misma hizo, al sentirse presa de la rebelde pulmonía, que le puso en trance de perder la vida. /68/
El lector puede adivinar lo que significaba para Manuela este nuevo encuentro con las sagradas reliquias. Ante ellas ratificó su propósito definitivo de consagrarse a Dios y vio con claridad que el Señor la quería en el Carmelo. Su hermana, compañera de viaje y confidente íntima de sus sentimientos en aquella jornada, escribe que le pareció tan excelente cerrarse en un convento que me quería llevar a mí por el mismo camino. Todo lo que veía bien para ella lo quería también para mí. ¡Cuántas veces me diría: ’Nos vamos las dos a un convento y estaremos siempre juntitas; verás qué bien estaremos!’
A partir de esta fecha, ya no alienta en ella más que ese deseo, ni tiene otra ilusión que realizarlo cuanto antes” (pp. 67-68). 
 Hemos recogido este testimonio de esta carmelita que terminó sus días en Alcalá de Henares, justo a las puertas del IV Centenario de la Reforma Teresiana (1961), y porque refleja muy bien el ambiente teresiano de Macotera en el que surgieron y fueron caldeadas tantas vocaciones, sobre todo al Carmelo. Se retrata con exactitud un estilo de comportamiento social y religioso que era propio de este lugar y de los pueblos cercanos y cuya coincidencia con otras historias vocacionales parecidas es evidente.
Conviene también añadir a todo lo dicho que hallamos en la iglesia parroquial de Macotera confirmación de ese carmelitanismo y teresianismo. Allí están bien colocadas las imágenes de la Virgen del Carmen y de Santa Teresa. La imagen teresiana, es de bulto y de vestir, al estilo de la de Alba, y corresponde muy bien al gusto del siglo XIX cuando San Enrique de Ossó y los obispos de Salamanca establecen en todas las parroquias de la archidiócesis la archicofradía de las Hijas de María y de Santa Teresa. O sea, que Macotera entró en ese ambiente del despertar de un movimiento teresiano que se vive en Alba y en toda la provincia de Salamanca durante la segunda mitad del siglo XIX.
Todavía podemos reproducir otro testimonio posterior de lo que era y suponía la peregrinación de los pueblos de la comarca a Alba de Tormes por las fiestas de octubre , aunque se adivina una cierta recreación literaria, es bastante fiel por lo que respecta a los momentos y ritos que comportaba y, también en este caso, se entretiene de forma especial en el pueblo de Macotera. Por algo será. El autor es Angel M. Castell, y la publicó en la famosa revista salmantina “La Basílica Teresiana”. Reproducimos los pasos que nos interesan:
“Espectador de las peregrinaciones que llegan al pie del sepulcro de la Santa, prefiero las de las aldeanas, que, imponiéndose un verdadero sacrificio, vinieron guiadas por la fe más que por la curiosidad y luciendo sus trapitos charros, ostentando sobre el busto el escapulario y cuidando de que no se apague la vela que sostiene su mano derecha, trepan calle de San Pedro arriba avivadas por la voz de su poco piadoso guía, que las dice imperioso: ¡Arread, macoteranas! Sus plegarias cantadas son monótonas y monorrítmicas, pero ingenuamente fervorosas. Así debieron ser los cánticos de los primeros cristianos en las catacumbas.
Y cuando la bulliciosa masa peregrina ha penetrado en el templo, torna sobre la villa un silencio augusto, sólo interrumpido por el lánguido dialogar de las campanas de los Padres, de las Madres, de las Benitas y de las Isabeles…
No han llegado los aguerridos tercios que pelearon en Flandes y en el Milanesado a las órdenes del gran Duque, su señor; pero sí las piadosas huestes teresianas que luchan con la Fe, por ar- [244]-ma  en defensa de un sentimiento que como inflamado en el amor de la seráfica abulense, es dos veces santo, por piadoso y por español.
Cuando los rezos y canticos han terminado, los peregrinos se agolpan ante el altar mayor para contemplar más de cerca y a través de la reja de plata la también argentada urna (!) que encierra el incorrupto cuerpo de la Santa, y al pie y un lado del retablo los artísticos vasos de cristal tallado, que guardan uno el corazón y otro un brazo de la Elegida.
No salen del templo sin acercarse al hueco enrejado, abierto sobre un enterramiento en uno de los muros laterales, debajo del coro y frente a la puerta principal de la nave. Ante ese ventanal, que da a una angosta galería, se abre la puerta de la celda donde murió Teresa de Jesús. Se ve el humilde lecho, y aunque ostenta rico tapiz de damasco rojo, no rectifica, no, este ostentoso detalle la modestia y pobreza en que vivió siempre la virtuosa reformadora… La piedad ha colocado en el lecho una imagen cubierta hasta el cuello, y sacando sobre el embozo de la sábana los brazos para reproducir la escena de los últimos momentos de la Santa. En la pared y sobre el testero del tálamo pende un angelote en actitud de depositar una corona de flores en la cabeza de la moribunda, y muy cerca rasga el encalado muro la ventanica por la cual es piadosa fama que entraron los ángeles, descendidos del cielo, para llevar en luminoso vuelo a los pies del Altísimo el alma de la bienaventurada Carmelita.
Esta ventana da a un patio de la parte de clausura del convento, y conserva, con algunas de las paredes, la techumbre y el camastro, un carácter de la época teresiana, un sello de autenticidad que no permite dudar de que allí exhaló su último suspiro la mujer extraordinaria que escribió:   Ven, muerte, tan escondida / que no te sienta venir, / porque el placer de morir / no me vuelva a dar la vida.
Sin duda, por eso, eligió para trasponer los umbrales de la [345] eternidad la lobreguez de esa celda que la proximidad a la iglesia ha podido hacer visible a los ojos profanos con sólo abrir un hueco en uno de los muros de la nave. Las celdas de las Madres Carmelitas, y seguramente la que habitó la fundadora, a las cuales por cierto llega la curiosidad mundana cuando alguna persona de la Real Familia visita el convento y por especial privilegio levanta momentáneamente la clausura, están emplazadas en otro lugar del edificio, y reciben por entre celosías luz directa y generosa del espacio...
Abandonarás, lector, Alba de Tormes y el recuerdo de santa Teresa, expirante en su celda y de su alma palpitando en el misterio de su última sombría residencia perdurará imborrable en tu memoria, unido al de la espléndida majestad de un paisaje en el que la Naturaleza se ofrece diáfana, sobria, noble; en fin, ¡castellana!” (La Basílica Teresiana 7 [1920] pp. 243-245).
Todo este relato no sólo ha servido para recordar la vetusta tradición teresiana de la villa de Macotera, que ya tiene 4 siglos, sino para hacer presente lo que nuestros antepasados ya descubrieron mucho antes que nosotros en pleno siglo XXI y movidos por el Vº centenario de su nacimiento andemos recomponiendo rutas, caminos, marchas y huellas de Santa Teresa por nuestros pueblos. Ellos habían dado ya mucho antes con el sentido genuino de la peregrinación teresiana a Alba de Tormes, y ésta siempre como una cita anual con la mujer que pisó y santificó estas tierras de Castilla.
Hay razones más que suficientes, y hasta históricas, para que esa ruta de la cuna al sepulcro, y al revés, no deje de lado Macotera, como tampoco otros pueblos de la tierra de Alba secularmente vinculados a ella no sólo por razones del antiguo señorío, o de tipo económicas, sino también por estar en Alba de Tormes el santuario teresiano que vertebra espiritualmente toda la comarca y desde siempre ha sido así.

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